Las noches de las cosas rotas

Sigilosas, enviciadas llegan prontas por la noche.

El montón de cosas rotas que deambulan por el techo, suben, bajan, bailan rueda sobre mí.

Se buscan y se enfrentan, en batalla de armaduras o de puños.

Yo quisiera que se fueran y poder dormir en paz.

Mis amores ofendidos, mis abandonados, mis egos, los tiempos en vano, lo callado y lo que no supe contener, eso, principalmente.

Malosas, verdugos, cascajos del pasado, de rojo y de blanco, amargas y con sal.

Entre ellas se pelean, ¿Cuál importa? ¿Cuál? Ya no.

Siempre vuelven y siempre huyen muy temprano con el sol.

Las cosas rotas del pasado, que compongo en mi cabeza.

Tramposas, mis tormentos, mis fantasmas. A veces quedamos en paz, tranquila me acuesto pensando… ya no más.

Duelo de amor.

Piso, sueno los tacones, brinco los charcos y descubro cada uno de mis pies, uno se adelanta al otro y los dos quieren ganar.

Al rededor todo se detiene de repente.

Llevo la cabellera larga, un escote sin recato, una risa de pecado y un descaro sin su dueño.

Y con mis ojos en bel canto, la codicia de mujer, te llamo, te invito, a la fiesta del amor.

No habrá tregua es un duelo hasta el final. Tú me tomas, yo te sigo, vivo es este sueño.

Y, por un momento… Los límites se desvanecieron en tenues líneas que se pierden sin pudor.

Sesgados los cuerpos de los contendientes, amantes por ahora, hace minutos, extraños entre sí.

Fieras que se devoran. ¿Qué es lo mío o lo tuyo? No se sabe donde empiezo o donde acabo.

No podrás librarte del anhelo de la hartura del manjar que yo te di.

Enredo delirante, la borrasca de un espacio sin control.

Besos de bruja, cadencias, ceños y muecas, enredos sin desenredar.

¿Y quién sabe si podremos gobernarnos? O vivir cuales presos de un fervor.

Y quien sabe a cuantos otros dañaremos con excusas eternamente sin perdón.

Herida de muerte, te miro y me rio, me duermo pensando: “Seguro que no regreso jamás”.

A mi me gustan los viejos

A mí me gustan los viejos porque no tienen miedo de llamar las cosas por su nombre.

Porque se curan solos las heridas con simple paciencia y sabiduría sin tener que acudir a terapias. Entienden las cosas de la vida y confían en el tiempo que se lleva lo malo y el nuevo que trae siempre una esperanza.

A mí me gustan los viejos porque son valientes, vivieron las guerras y las grandes depresiones y se formaron a base de arduo trabajo y de disciplina.

Me gustan también porque con sus pasos lentos dejan huellas mas profundas.

A mí me gustan los viejos porque saben vivir con dignidad, envejecen con sus hermosas arrugas y sus heridas en el alma.

A mí me gustan los viejos porque platican con la gente y porque sonríen con los niños del parque. Viven las cosas del mundo alejados de los celulares y de las redes sociales.

Y me gustan más que nada porque a pesar de los años siguen siendo románticos y creen en el amor.

Vivieron la época de los grandes amores, aquellos que sin ser perfectos, se perdonaban, se tomaban de la mano y se tostaban las arrugas con el sol de la mañana.